Viaja2

El mundo es para recorrerlo, mejor en compañía. Y la vida… también.

Puerto Maldonado- Lima

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Llegaba el momento de irnos de la selva, aunque ese día madrugamos un poco menos y ya había salido el sol.

El desayuno fue bastante abundante, en un restaurante completamente vacío. Para irse de excursión era muy tarde, y para ir al aeropuerto, muy pronto.

Aunque no suelo tomar platos cocinados en el desayuno, el camarero me ofreció tortitas y las describió tan apetitosas, que acepté. Estaban buenísimas.

Paseamos tranquilos desde la Casa Grande hasta nuestra cabaña y los caminos que la rodeaban, aún nos quedaba tiempo hasta la hora en que nos recogerían para llevarnos de nuevo al mariposario y de allí al aeropuerto.

Llevábamos las mochilas y una maleta pequeña que nos dijeron que dejásemos en la puerta de la cabaña, que la recogerían y llegaría con nosotros al aeropuerto y, allí la dejamos.

El camino en la canoa fuera borda fue algo nostálgico. Me daba pena pensar que no era ninguna de las excursiones, sino que ya nos íbamos. El agua del Madre de Dios tan marrón y terrosa que no me gustaba, pero me seguía impresionando. En media hora, de nuevo desembarcando en Puerto Maldonado y luego a la van en la que llegamos del aeropuerto. Íbamos con una pareja inglesa joven. Habíamos llegado con ellos el primer día y coincidido en alguna excursión, cada pareja con su guía por el idioma, y bastantes veces en el restaurante. Él era simpático y educado, y nos saludaba siempre. Ella no nos dirigió una palabra ni una mirada en ninguna de las ocasiones. Nos acompañaban en la lancha nuestros dos guías -el de inglés y el de español-.

Al llegar, pregunté por mi maleta y… ¡no estaba en el coche! Se había quedado en el lodge. Me tranquilizaron diciendo que llamarían a recepción, que mientras nos llevaban al aeropuerto nos enviarían la maleta en una canoa, y ellos la esperarían con la van para llevárnosla antes de que embarcásemos. Me aseguraron que iba a dar tiempo, aunque a mi me pareció que era un poco difícil.
De nuevo en el edificio del mariposario, dimos una vuelta por el jardín y poco más.

Llegamos al aeropuerto y el embarque del equipaje fue muy curioso. Como es muy pequeño no tenían ni scáneres ni otros aparatos de seguridad, así que la formula era que, aleatoriamente, decidían abrir una o dos de las maletas de cada grupo de viajeros. Inmediatamente al lado, las sillas de una pequeña sala de embarque, en dónde esperamos que nos llamaran. La maleta llegó cinco minutos antes del tiempo máximo de espera, y cuando el resto de viajeros ya había ido subiendo al avión.

Nos llevábamos una impresión de los días en la selva inmejorable. El vuelo fue corto y tranquilo, con los Andes a la vista entre nubes un buen rato y, casi todo el viaje, con algo de niebla.

En Lima, nos esperaba puntual el conductor de una van de Inkandina con nuestros nombres; y con mucho tráfico y atasco en Callao llegamos, otra vez, al hotel Ducado para nuestra última noche en Perú.

De nuevo volvieron a impresionarme las alambradas electrificadas de los edificios y casas.

Dejamos las maletas en una habitación bastante cutre que nos tenían reservada (la 310), y nos fuimos a pasear y comer algo por Miraflores.

Fuimos directos al Larcomar el Centro Comercial junto al océano Atlántico.

Allí, después de dar un paseo, nos tomamos unos “sanguches” en La Lucha Sanguchería Criolla, uno de los sitios que más nos gustó el día que llegamos. Los “sanguches” son bocadillos que preparan en el momento de pedirlos. Comimos uno de cerdo y otro de pollo a la leña. Estaban buenísimos!

Después, otro paseo por las terrazas del centro comercial mirando el mar, y hasta el restaurante Rosa Naútica, que yo pensaba que era un balneario por su arquitectura.

Y luego, al centro de Miraflores para ir despidiéndonos de la zona, y comprar los últimos regalos.

Receta de ceviche en un delantal de una tienda de regalos, para que no falles al prepararlo en casa.

Nos llamó la atención un bar-cafetería dedicado a churros de muchas tipos y con ese nombre. Tomamos unos gruesos y rellenos de crema de vainilla. ¡Qué buenos!

Volvimos al hotel, comentamos lo de la habitación y, sin problema, nos cambiaron a otra que era más amplia y daba a la calle (la 403).

Por la noche teníamos la cena en un restaurante con espectáculo de bailes típicos peruanos, que nos había regalado Inkandina, como disculpa por los problemas en Ica y Paracas. Un coche vino a buscarnos al hotel y nos dejó en la puerta del restaurante Dama Juana, en el barrio de Barranco.
Una sala muy grande, con un escenario en medio y, al fondo, el buffet, abundante y muy variado. Muchas mesas, todas preparadas, algunas para grupos grandes y todas con las banderas de las nacionalidades de cada grupo en ellas.

Nos pusieron un Pisco Sour de bienvenida.

La cena resultó agradable y entretenida. Alguno de los bailes muy bonitos.

Cuándo terminó el espectáculo, nos esperaba el coche que nos llevaría de nuevo al hotel.

La verdad es que había sido un detalle por parte de Inkandina el invitarnos a esta cena con coche en la puerta. Fue un buen broche para nuestra última noche en Perú.

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Autor: viaja2/viaja2Photography

Me llamo Mariángeles, me gusta viajar, salir con nuestros amigos a recorrer la ciudad y cenar en algún sitio que aún no conozcamos, y cocinar nuevas recetas en las cenas que preparamos para ellos en nuestra casa. También la fotografía, pero soy un fotógrafo que aún no lo es por estar todavía aprendiendo. De todo ello trata este blog. Muchas gracias por visitarlo.

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